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lunes, 26 de noviembre de 2012

Ropa vieja, libros nuevos



¡Ay de esas personas que ya tenías arraigadas en tu vida!
Todas, tarde o temprano, acaban por irse, dejando un vacío increíble, un vacío que no puedes comparar a ninguna otra cosa.
De repente darías cualquier cosa por volver a oír hasta aquellas expresiones manidas de tanto uso, aquellas bromas y chistes que ya odiabas de tanto escucharlas. 
De repente, sin darte cuenta, esa tierra vacía que dejan esas grandes raíces, tan arraigadas en ti, se van llenando poco a poco de nuevos amigos, de nuevas parejas, nuevos amantes. Y una por fin aprende que, para que entre algo nuevo y bueno, en tu vida, que te llene, que realmente te haga feliz, deber antes arrancar las malas hierbas.
Quitar poco a poco esas cosas que te sobran, hacer hueco en los armarios y en las estanterías de tu vida, para dejar espacio a nuevos libros y nueva ropa.
Nuevas historias, nuevos estilos, nuevos caminos por descubrir… Y dejando atrás los lastres, sin remordimientos, alegremente, aceptando el pasado, podemos hacer que esos libros que dejamos, esa ropa que ya no nos ponemos, no estén nunca en mal estado, y que otras personas que vengan después de ti puedan disfrutarlas.
Que cuenten anécdotas sobre ti con amigos y con sus futuras parejas sobre cosas que habéis hecho, que habéis dicho, que habéis vivido. Por eso, si lees esto y te sientes identificado, consuélate pensado que lo malo de encontrar al amor de tu vida es lo bien que te lo pasas buscándolo




sábado, 21 de julio de 2012

Entretelas desgarradas.

Será porque paso mucho tiempo sola al cabo del día, será porque estoy estudiando prosa romántica y algo de melancólico derrotismo se me está pegando, será porque estoy especialmente sensible; pero llevo unos días sintiéndome muy mal por todo.
He pasado un año muy duro, sin fuerzas para ponerme a estudiar en serio, sin fuerzas para ordenar mi vida, sin ganas ni ilusión ninguna. Y a pesar de los buenos momentos, de las risas, de la complicidad entre amigos tomando cervezas, batidos, tés helados o lo que encartara en cada caso; el despertador sonaba y no hacía más que inventarme excusas para no salir de la cama. Me agobiaban las aulas. Me sentía insignificante en el enorme pasillo de filología. Me decía una y otra vez mientras salía huyendo de la facultad que esas fotocopias que debo recoger pueden esperar a mañana, que ese libro que hay que sacar de la biblioteca no se va a mover de ahí y que el lunes debía comenzar en serio: a estudiar a diario y a seguir mis lecturas al día, como llevaba haciendo estos últimos cuatro años.
Pero no.
Y poco a poco me fui abandonando.
Y me repetía a mí misma que era feliz.
Debo ser una buena mentirosa y actriz si he sido capaz de engañarme todo este tiempo. Yo no soy así. Yo nunca he sido así.

Pero hoy he notado algo que hace mucho tiempo que no sentía.
Ilusión.
Ganas.
Optimismo.
Me he visto a mí misma cruzando el umbral de mi nuevo piso, estudiando en el escritorio un frío sábado por la mañana, mientras espero a que el té esté listo para amenizar las lecturas obligatorias. Me he visto en la terraza preparando una shisha mientras veo el sol ocultándose entre los tejados. Y horneando mis recetas morunas. Y preparando un bento para ir al río o al parque. Yendo a clase con una sonrisa.
Porque puedo.
Y sabré que todo en mi vida está en orden cuando me levante por la mañana con una sonrisa.

Tengo una sonrisa demasiado bonita para no irla enseñando por ahí.




lunes, 9 de julio de 2012

Humo en la avenida.


Me iba al día siguiente y para siempre de aquel piso. Había sido un año intenso, sin precedentes. Con grandes alegrías pero, sobre todo, complicados reveses y golpes difíciles de encajar; pero que, poco a poco, he ido superando (no sin dificultad). Abandonaba a ruidosa Luis Montoto.

Adiós a los sonidos de ambulancia a las tres de la mañana, o a los grupos de jóvenes borrachos hablando a gritos entre sí al salir de la discoteca de enfrente. Adiós a aguantar la tapa del wáter porque esté suelta y siempre se caiga. Adiós a presionar la persiana con una mano mientras porque está atascada y no puede subir. Adiós a las fundas de sofá que dan alergia, y a las cortinas que solo hacen soltar polvo. Adiós a una vitrocerámica que te da calambre cuando intentas limpiarla. Adiós a la luz tililante del pasillo, que convertía ir al servicio por la noche en una escena de película de terror. Adiós a esa sensación de muerte inminente cuando se prendía el calentador de butano…

A pesar de todo, voy a echar de menos vivir ahí, y como me conozco ya, sé que no tardaré en esbozar una sonrisa cuando pase por el portal del que fue mi piso en este año de locos.
Porque al fin y al cabo, también es cierto que he compartido techo con las dos mejores compañeras de piso que he tenido nunca, y sin ellas saberlo, han contribuido mucho para que este curso fuera especial. A las dos (ellas ya saben quiénes son) gracias. Muchas gracias por todo.

Por eso, en mi último día en Luis Montoto, salí al balcón con una silla y una shisha de mora. A disfrutar de las vistas de la avenida mientras el sol comenzaba su lento y perezoso descenso. Salí a saborear una última tarde en Sevilla, oyendo a ratos las desenfadadas conversaciones de la gente sentada en la terraza del bar de abajo. Palabras y fragmentos sueltos, mezclándose unos con otros y fundiéndose con el ruido de la calle. En una tarde que olía y sabía a moras.




viernes, 23 de marzo de 2012

Desempolvando recuerdos

A veces me pongo a pensar en el pasado.
No en un pasado reciente, voy mucho más allá. Anoche no podía dormir pensando en las cosas que tenía que hacer a lo largo del fin de semana; y como eso iba para largo, dí un frenazo mental. Pensé en cosas agradables para dormir. En lugares y situaciones relajantes. Evoqué el mar en el que me bañaba de pequeña. 
Pero todo fue inútil.

Entonces, entre mis variados pensamientos, se me vino a la cabeza la imagen de amigos y familiares señalándome, algunos con ironía, otros con admiración, otros tantos con indiferencia, mi capacidad de recordar con todo detalle cosas que han pasado hace mucho, mucho, mucho tiempo. Y entonces caí en a cuenta de lo siguiente: Nunca me ha dado por fondear en mis recuerdos más antiguos.

Recuerdo perfectamente la guardería. Cómo mi abuelo materno se presentaba en casa cuando aún estábamos desayunando y nos llevaba a mi hermana y a mí de la mano hasta allí. Jugábamos en el patio diminuto, girábamos en la tarima una y otra vez hasta caer mareados y sentir cómo toda la habitación daba vueltas, riendo. O cómo nos echábamos hacia atrás, a ver si realmente podíamos caer de espaldas en el suelo; yo nunca lo logré, en el último minuto daba un paso atrás y me incorporaba, pero en alguna que otra ocasión calculaba mal y me caía de lado. Fue ahí donde empezó mi aversión a recogerme el pelo con cintas y coletas, porque siempre se me caían mientras jugaba, o me destrozaba los peinados a base de manosearme el pelo. (¡Joder! Ahora que lo escribo es como si lo estuviera viviendo otra vez.)
Son recuerdos bonitos, pero no son los más antiguos.

Recuerdo la mesa redonda del comedor de casa, que luego cambiaríamos por la que tenemos ahora. Y la primera vez que África, la chica que nos cuidaba mientras mis padres estaban en el trabajo, me hizo un batido de fresas con fresas naturales. Me pasé días y días "portándome bien" para que me hiciera otro. También nos daba unos huevos minúsculos de chocolate cuando le dabas un beso, y nos hacía disfraces con servilletas desdobladas que luego pegaba con cinta adhesiva. Mi favorito era el de Batman, que tenía casco y todo ¡era genial! y después el de Supermán, que usaba saltando por el sofá verde del comedor gritando "¡África, África, mira como vuelo!"

Ese mismo sofá verde en cuyo respaldo me ponía de pie, apoyándome en la pared, mientras mi hermano (Ese gran desconocido) pasaba las manos palmeando y diciendo con voz de ultratumba "¡el arran...capiés!" Gritábamos mucho, claro, a nadie le gusta que le arranquen los pies, y entonces venía nuestra madre a reñirnos. Creedme si os digo que la frase más usada por mí de pequeña era "¡Mamaaa! ¡Mira a Santi!" "¡Mamaaa! ¡Santi me está haciendo de rabiar!" Y sus múltiples variantes. Pero gracias a él me apasionan los videojuegos, porque gracias a él entró en casa la primera consola, una NES que todavía pulula por los armarios. Algún día la repararé y jugaré con ella y todos los cartuchos que teníamos, pero eso es futuro, y yo estoy hablando de pasado. De todos modos, las jugarretas de mi hermano no son mi recuerdo más antiguo.

¿Cuál es entonces? 
Mirar una foto unas semanas antes, en casa, me dio la pista. Una foto ligeramente desenfocada, en la que el flash se "come" mi diminuta nariz, el pelo me tapa las orejas y las cejas. y salgo con cara de susto.  Seguramente debía ser de las primera veces que me daban un flashazo en la cara, o puede que sea porque era la primera vez que escuchaba música con unos auriculares. En la trona estaba el walkman, mucho más grande que mis manos.
Esa foto.
Me la tomó mi abuelo. 
El día en que mi hermana Eva vino por primera vez a casa.

Me acuerdo de eso, perfectamente. No sé qué sucedió cuando entraron por la puerta cargando con el bebé, ni lo que sentí la primera vez que la vi. Ni cuánto tiempo estuve ese día con mi abuelo, ni lo que hice a lo largo del mismo. Pero si hubiese tenido uso de razón (algo más de lo que una criatura de 14 meses de edad pueda tener) le hubiera dicho "Bienvenida al mundo, pequeña"

Curioso.


Mi recuerdo más antiguo es también uno de los más bonitos.


lunes, 19 de diciembre de 2011

La niña y el mar


El mar siempre me ha fascinado. Cuando era pequeña, el mar era para mí una franja estrecha de agua que nos separaba de Àfrica y los leones. Pero tenía unas corrientes bastantes fuertes, en la que si te despistabas nadando o jugando con los primos, la corriente te arrastra y entonces, por muy bien que sepas nadar, te ahogas y nunca más te encuentran. O al menos, eso era lo que me contaban mis padres para que no me alejara de la orilla y que me mantuviera siempre visible. Así se ahorraban sustos.


Nunca he sido una nadadora muy veloz, de hecho siempre he preferido bucear a nadar, y me entrenaba a todas horas para aguantar unos segundos más sumergida. Alcancé mi récord a los diez años, con un minuto y diez segundos, y mantuve esa marca todo el tiempo que pude.
De los once a los dieciocho, pasaba las vacaciones en un cámping de la playa de Valdevaqueros, en Tarifa. Ya se tenía cierta independencia, y nuestros padres podían relajarse un rato sin tener que estar pendiente de que sus pequeñines todo el tiempo. Y, como era habitual, no dejaba de practicar mis inmersiones buceando cada vez más lejos y más hondo.


Lo que más me gustaba era abrir los ojos en el mar. Los rayos de luz del atardecer se filtraban en forma de haces verdosos y dorados, sobre un horizonte submarino hecho de tonos de azul, abajo más oscuro y arriba, cerca de la superficie, en celeste. Alargaba los brazos y los observaba, moteados por la luz, tanto tiempo como me permitiera mi capacidad pulmonar. Subía a la superficie sólo para volver a bajar, hasta el suelo, donde el agua era más fría y dolía en los oídos. Subía con puñados de piedrecillas o buscaba conchas, que las de la orilla eran muy pequeñas o estaban rotas; no obstante, la mayoría del botín era devuelto al mar. Todavía conservo de aquella época una concha blanca y tres piedras planas, que de vez en cuando uso como inciensario.

Hoy en día, vivo en una ciudad sin mar. De vez en cuando, cierro los ojos y me veo ahí, con los brazos extendidos, braceando e impulsándome arriba y abajo, con los brazos llenos de reflejos verdes y dorados. Es muy probable que el día de mañana viva en otra ciudad que no tenga mar, pero no pasa nada. El mar que yo recuerdo no está fuera, sino dentro de mí, y allá a donde vaya lo llevo siempre conmigo.



jueves, 17 de noviembre de 2011

El poder de la evasión


Hace pocos días, quedé en la Alameda con unos amigos para tomar un cafetillo y pasar la tarde. Como es natural en esta época del año, oscurece bastante temprano, con el consiguiente descenso de la temperatura; sólo tenía como abrigo una chaqueta fina de algodón, que no hacía gran cosa.
No me apetecía tomar el bus hasta casa, así que saqué una bicicleta de una estación cercana, la cual sólo tenía dos disponibles. Me subí la cremallera hasta arriba, me tomé unos segundos para calcular la ruta más corta y puse un poco de música. Hacía casi un año que no montaba en bici, mi cuerpo lo notaba: me costaba mucho más trabajo que antes pedalear manteniendo un buen ritmo, ligero y estable. Transpiraba mucho, me faltaba el aire…

…cuando iba al instituto, nuestro profesor de Educación Física era implacable. Daba igual que hiciera frío o que fuese primera hora: siempre dábamos diez vueltas al patio, luego hacíamos ejercicios de movilidad y luego calentamiento muscular y articular. La media hora que sobraba la dedicábamos a practicar algún deporte o a juegos para mejorar el reflejo o la coordinación. Yo sufría terriblemente en la primera parte de la clase, pero pronto aprendí que si evadía mi mente y la “desconectaba” del cuerpo pensando en cualquier cosa (Normalmente en videojuegos o en la saga fantástica que estuviera leyendo en ese momento), podía aguantar mucho más tiempo corriendo.

Y eso fue lo que hice en esta ocasión: Dejé que mis pies pedalearan ellos solos mientras mi mente estaba lejos, muy lejos, recordando momentos mejores, pensando en videojuegos y en libros, para no perder la costumbre, sopesando la posibilidad de tener una mascota y debatiendo conmigo misma si merece la pena poner un árbol de plástico en mi habitación para celebrar el solsticio de invierno.
Cuando volví a la realidad, me había pasado bastante de largo la estación de SeVici que está enfrente del piso, de modo que giré y volví sobre mis pasos (¿O debería decir “pedaleos”?) para anclar allí a la número 2581, que tenía la tercera marcha un poco dura y a veces le bailaba el sillín, pero por lo demás era perfecta.