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lunes, 9 de julio de 2012

Humo en la avenida.


Me iba al día siguiente y para siempre de aquel piso. Había sido un año intenso, sin precedentes. Con grandes alegrías pero, sobre todo, complicados reveses y golpes difíciles de encajar; pero que, poco a poco, he ido superando (no sin dificultad). Abandonaba a ruidosa Luis Montoto.

Adiós a los sonidos de ambulancia a las tres de la mañana, o a los grupos de jóvenes borrachos hablando a gritos entre sí al salir de la discoteca de enfrente. Adiós a aguantar la tapa del wáter porque esté suelta y siempre se caiga. Adiós a presionar la persiana con una mano mientras porque está atascada y no puede subir. Adiós a las fundas de sofá que dan alergia, y a las cortinas que solo hacen soltar polvo. Adiós a una vitrocerámica que te da calambre cuando intentas limpiarla. Adiós a la luz tililante del pasillo, que convertía ir al servicio por la noche en una escena de película de terror. Adiós a esa sensación de muerte inminente cuando se prendía el calentador de butano…

A pesar de todo, voy a echar de menos vivir ahí, y como me conozco ya, sé que no tardaré en esbozar una sonrisa cuando pase por el portal del que fue mi piso en este año de locos.
Porque al fin y al cabo, también es cierto que he compartido techo con las dos mejores compañeras de piso que he tenido nunca, y sin ellas saberlo, han contribuido mucho para que este curso fuera especial. A las dos (ellas ya saben quiénes son) gracias. Muchas gracias por todo.

Por eso, en mi último día en Luis Montoto, salí al balcón con una silla y una shisha de mora. A disfrutar de las vistas de la avenida mientras el sol comenzaba su lento y perezoso descenso. Salí a saborear una última tarde en Sevilla, oyendo a ratos las desenfadadas conversaciones de la gente sentada en la terraza del bar de abajo. Palabras y fragmentos sueltos, mezclándose unos con otros y fundiéndose con el ruido de la calle. En una tarde que olía y sabía a moras.




domingo, 5 de febrero de 2012

Mini-pizzas


Tras estas infernales semanas de exámenes, vuelvo a ser “casi” libre, que aún me queda la entrega de trabajos.
Pues nada, que estaba el otro día fumando una shisha de limón, celebrando a mi manera el final de los exámenes (Bebiendo cerveza y un paquete de patatas de receta campesinas, viendo vídeos de youtube y chateando con la gente con la que había perdido el contacto en estas semanas malditas) cuando miré el reloj y ví que eran ya las 23:00, entonces me acordé de los lectores de este blog.
“¿Y por qué iba Elouan a acordarse de nosotros? ¿Por qué iba Elouan a acordarse de mí?”
Básicamente, porque recurrí a una de mis recetas de supervivencia favoritas: la cutre-pizza. Para hacerla necesitamos:
-Pan.
-Tomate
-Lo que le vayas a echar a la pizza (queso, maíz, jamón cocido, más queso, lonchas de pavo braseado, pollo asado, salsa barbacoa, todavía más queso…)

Tomamos el pan (Si es de molde mejor, pero no hace falta, nos vale cualquiera) lo cortamos como si fuéramos a hacer un bocadillo, y lo untamos de tomate. Añadimos los ingredientes, le damos un toque de orégano y lo ponemos en el horno.

Cuando esté tostado, lo retiramos del horno y nos lo comemos. Fácil, rápido y para toda la familia. 

Bonus Extra: ¡IDEAS!
1- Corta una rebanada de pan de molde en cuatro, aplástalo con un rodillo y sigue el procedimiento. Así tendremos cuatro deliciosas pizzas para un bento italiano.
2-Invita a unos amigos a comer-cenar a tu piso. Pon los ingredientes en cuencos (si los tienes todos en el fregadero a la eterna espera de ser lavados, te valen platos o vasos limpios de plástico) y el pan en una bandeja, y que cada uno se prepare la mini-pizza que quiera: con la cantidad a su gusto de cada ingrediente.

Espero que disfrutéis leyendo esto tanto como yo disfruté el otro día de mi cutre-pizza. ¡Hasta pronto!

PD: Por culpa de los exámenes no puedo dedicarle tanto tiempo como me gustaría al blog, pero pronto volveré, con más recetas que colgar, más proyectos y más historias.

lunes, 9 de enero de 2012

La shisha, mi historia.

No me considero una persona fumadora; de hecho detesto el tabaco. Deja mal olor en las manos y las pocas veces que le he dado una calada “por probar” he acabado tosiendo y con un mal sabor de boca.

La primera vez que lo hice tenía ocho años.
Mi madre estaba secándome el pelo, o ayudando a ponerme el pijama, ahora no recuerdo. Sonó el teléfono, y dejó un cigarro que acababa de encender en el cuarto de baño. Picada por la curiosidad me acerqué despacio y lo tomé con dos dedos, como había visto hacer a los mayores, inspiré a través de la boquilla. Maldita curiosidad. Lo dejé caer al suelo de la impresión.
Sin dejar de toser, recogí lo más rápido que pude el cigarrillo y lo dejé donde estaba. Bebí un poco de agua del grifo y disimulé lo mejor que pude. La boca me sabía raro y me ardía el pecho. Desde ese momento me prometí no volver a fumar nunca.

He cumplido mi promesa a medias, porque, a pesar de no querer ver el tabaco ni de lejos, no le hago ascos a una shisha. Y si está preparada en condiciones, mejor que mejor. Me gustaría poder decir que nunca le he hecho ascos a una, pero eso tampoco es cierto:
En una ocasión, un chico con el que salía a los 16 años me ofreció en una tetería tomar una shisha a medias con él. Me negué rotundamente, pero igualmente se la pidió (pagamos a medias) y se la fumó entera él solito, no sin antes obligarme a darle una calada. Quizá porque en esa ocasión la tomé casi obligada ya iba mentalmente predispuesta a no disfrutar, a que no me gustara. Odiaba cuando me imponía algo o cuando intentaba corregir las cosas mías que no le gustaban. Afortunadamente no duramos mucho. Es más, encima tengo que agradecerle que, desde que salí con él, busco un hombre que me acepte tal y como soy, con mis defectos y mis defectos. En fin, a lo que iba: también hay que añadir la reticencia normal de una persona que veía una shisha por primera vez y que no sabía cómo funcionaba aquello o si tenía efectos secundarios raros. “Si aspiro por la manguera… ¿Cómo es que suenan burbujitas como si estuviera soplando?” Ah, dulce inocencia la mía. Era una shisha de manzana con un toque de regaliz, todo un clásico en las teterías árabes.

El tiempo pasó y unos años más tarde, el 20 de Diciembre de 2007, quedé con un amigo de la facultad para tomar algo. Fue un día memorable por muchos factores. Recuerdo que me llevó a una tetería, tomamos sendos tés y él sugirió pedir también una shisha. Fingiendo haber fumado con anterioridad, accedí (no sé por qué lo hice) y, ahora sí, le de mi primera calada a una shisha de tutti-frutti. Sin nadie que me obligara a ello, sin presión, sin agobios por devolver la manguera. Mi primera shisha fue un acto bellísimo de compañerismo.
Quizá estoy exagerando un poco, pero lo cierto es que a raíz de ahí comencé a investigar en internet y tras las vacaciones de navidad y el periodo de exámenes, me compré una pequeñita, verde, con dos paquetes de tabaco y un tubo de carbón. ¡Qué buenos momentos me proporcionó! Lo que sí es cierto es que fumaba menos que ahora. Antes me preparaba una cada dos semanas, aproximadamente, sin embargo hoy fumo cada tres o cuatro días.

 Mi primera shisha comprada, el día que la estrené.

Me gusta acompañar la shisha con té verde o negro según mi estado de ánimo o el momento del día. Además, leer un buen libro mientras fumas puede resultar una experiencia de lo más gratificante. Tiene que ser una lectura por placer, no literatura de la que me obligan a leer en clase (La única excepción fue “La Celestina” mientras tomaba té verde con pétalos de cerezo y fumaba una shisha de cereza.) Y si sumamos que afuera esté lloviendo, mejor que mejor.


Con este texto no pretendo, ni mucho menos, incitar a fumar en shisha. Simplemente cuento mi experiencia.  Cada uno es libre de sus actos y yo recomiendo, si no has fumado nunca, que no fumes.

lunes, 10 de octubre de 2011

Llega la noche

El despertador suena.
Lo apago.
Suena otra vez.
Lo apago de nuevo...
Pero a la tercera va la vencida, y una agotadísima Elouan se levanta de la cama, se mira al espejo y se promete acostarse más temprano la próxima vez. Luego, abre la ventana para ver qué temperatura hace, y escoger así la ropa que va a ponerse para ir a clase. A pesar de tener el armario lleno, siempre escoge entre las mismas cinco camisetas (que su madre amenaza de vez en cuando con tirar) y tres pantalones. Según el tiempo que le quede, desayuna una u otra cosa. Pan tostado con crema de queso y miel, bizcocho casero de la tarde anterior, cereales con leche, o en el peor de los casos, un yogurt. Para beber, té. Siempre té. 

Elouan sale a la calle, gira a la derecha y camina. Todavía no sabe si coger el bus o ir andando, y se pregunta cuándo le llegará el nuevo carnet de Sevici que tuvo que volver a pedir cuando perdió la tarjeta antigua. De todos modos, en la estación que tiene al lado de casa nunca hay bicis, pero ya buscará otras estaciones cercanas (y nunca lo hace). Cuando llega a la parada del bus, mira el indicador de tiempo de espera: 8 minutos es esperar demasiado tiempo, de modo que decide ir andando. Mientas camina escucha música, o ciertos podcast de cine y videojuegos. Hace un repaso de lo que tiene para hoy:
"Un resumen para esta, un comentario para la otra, ¡joder con el de la bici, que casi me mata! las fichas se me olvidaron ayer pero de hoy no pasan ¡Huy, qué monada de pajarillo! Se me ha olvidado lo de segunda hora que no sé lo que era, le preguntaré a Fátima. Tengo que hacer la compra, no me queda pan, ni huevos, ni queso fresco. A ver si quedo con Julio un día y cocinamos. Tengo que subirme la guitarra de Algeciras. ¡Cómo mola este tema! ¡CHA-chanan-tu-praaaaaaaaw-PUM-da-chaaaaaaawn! Hum... ¿En qué aula era la clase de hoy a primera hora?"

Cinco horas más tarde (cuatro si en viernes), Elouan se despide de algunos compañeros y camina (o, de nuevo coge el autobús según convenga) a casa. Cuando va en bus le gusta leer los poemas que hay en las puertas de bajada, especialmente si son de los hermanos Machado. Luego llega a su casa, se cambia de ropa y come algo que no tarde demasiado en cocinarse. 
A las cuatro se prepara un litro de té, y comienza a leer los libros obligatorios de las asignaturas de literatura, y sobre las cinco o seis se dedica a lengua y lingüística. Cuando acaba, por fin, se pone al día en las series que sigue, o bien continúa leyendo otra clase de libros más ligeros, o va a hacer la compra, o limpia lo que tenga asignado esa semana en el piso, o habla con amigos lejanos por skype...

Pero las noches son todas son iguales, todas suyas:
Elouan extiende con cuidado un poco de tabaco húmedo en la cazoleta que cubre con papel de aluminio. Perfora con cuidado la superficie. Luego apaga las luces, enciende tantas velas como sea necesario y una cerilla, que coloca bajo el carbón hasta que está al rojo vivo. Abre las pinzas para que éste caiga, y el sonido del tabaco cociéndose es, para ella, uno de los más conciliadores y reconfortantes. Aspira una calada rápida pasados unos segundos, para calentar la shisha y ponerla a punto.
Pero la cuarta calada es siempre la mejor, la más pausada, en la que se paladea el sabor; en la que se puede ver, a la luz de las velas, el denso humo blanco saliendo de la boca. 
Nada existe fuera de la habitación, sólo está Elouan con sus reflexiones, ideas y fantasmas. Disfrutando de una de tantas noches de shisha.





Cuando todo acaba mira el reloj. Es tarde, pero le apetece seguir fumando, y coloca otro carbón.
Eso sí, se promete que, pase lo que pase, en la noche siguiente se acostará más temprano...
...pero nunca lo hace.