Mostrando entradas con la etiqueta pasiones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta pasiones. Mostrar todas las entradas

lunes, 26 de noviembre de 2012

Ropa vieja, libros nuevos



¡Ay de esas personas que ya tenías arraigadas en tu vida!
Todas, tarde o temprano, acaban por irse, dejando un vacío increíble, un vacío que no puedes comparar a ninguna otra cosa.
De repente darías cualquier cosa por volver a oír hasta aquellas expresiones manidas de tanto uso, aquellas bromas y chistes que ya odiabas de tanto escucharlas. 
De repente, sin darte cuenta, esa tierra vacía que dejan esas grandes raíces, tan arraigadas en ti, se van llenando poco a poco de nuevos amigos, de nuevas parejas, nuevos amantes. Y una por fin aprende que, para que entre algo nuevo y bueno, en tu vida, que te llene, que realmente te haga feliz, deber antes arrancar las malas hierbas.
Quitar poco a poco esas cosas que te sobran, hacer hueco en los armarios y en las estanterías de tu vida, para dejar espacio a nuevos libros y nueva ropa.
Nuevas historias, nuevos estilos, nuevos caminos por descubrir… Y dejando atrás los lastres, sin remordimientos, alegremente, aceptando el pasado, podemos hacer que esos libros que dejamos, esa ropa que ya no nos ponemos, no estén nunca en mal estado, y que otras personas que vengan después de ti puedan disfrutarlas.
Que cuenten anécdotas sobre ti con amigos y con sus futuras parejas sobre cosas que habéis hecho, que habéis dicho, que habéis vivido. Por eso, si lees esto y te sientes identificado, consuélate pensado que lo malo de encontrar al amor de tu vida es lo bien que te lo pasas buscándolo




viernes, 23 de marzo de 2012

Desempolvando recuerdos

A veces me pongo a pensar en el pasado.
No en un pasado reciente, voy mucho más allá. Anoche no podía dormir pensando en las cosas que tenía que hacer a lo largo del fin de semana; y como eso iba para largo, dí un frenazo mental. Pensé en cosas agradables para dormir. En lugares y situaciones relajantes. Evoqué el mar en el que me bañaba de pequeña. 
Pero todo fue inútil.

Entonces, entre mis variados pensamientos, se me vino a la cabeza la imagen de amigos y familiares señalándome, algunos con ironía, otros con admiración, otros tantos con indiferencia, mi capacidad de recordar con todo detalle cosas que han pasado hace mucho, mucho, mucho tiempo. Y entonces caí en a cuenta de lo siguiente: Nunca me ha dado por fondear en mis recuerdos más antiguos.

Recuerdo perfectamente la guardería. Cómo mi abuelo materno se presentaba en casa cuando aún estábamos desayunando y nos llevaba a mi hermana y a mí de la mano hasta allí. Jugábamos en el patio diminuto, girábamos en la tarima una y otra vez hasta caer mareados y sentir cómo toda la habitación daba vueltas, riendo. O cómo nos echábamos hacia atrás, a ver si realmente podíamos caer de espaldas en el suelo; yo nunca lo logré, en el último minuto daba un paso atrás y me incorporaba, pero en alguna que otra ocasión calculaba mal y me caía de lado. Fue ahí donde empezó mi aversión a recogerme el pelo con cintas y coletas, porque siempre se me caían mientras jugaba, o me destrozaba los peinados a base de manosearme el pelo. (¡Joder! Ahora que lo escribo es como si lo estuviera viviendo otra vez.)
Son recuerdos bonitos, pero no son los más antiguos.

Recuerdo la mesa redonda del comedor de casa, que luego cambiaríamos por la que tenemos ahora. Y la primera vez que África, la chica que nos cuidaba mientras mis padres estaban en el trabajo, me hizo un batido de fresas con fresas naturales. Me pasé días y días "portándome bien" para que me hiciera otro. También nos daba unos huevos minúsculos de chocolate cuando le dabas un beso, y nos hacía disfraces con servilletas desdobladas que luego pegaba con cinta adhesiva. Mi favorito era el de Batman, que tenía casco y todo ¡era genial! y después el de Supermán, que usaba saltando por el sofá verde del comedor gritando "¡África, África, mira como vuelo!"

Ese mismo sofá verde en cuyo respaldo me ponía de pie, apoyándome en la pared, mientras mi hermano (Ese gran desconocido) pasaba las manos palmeando y diciendo con voz de ultratumba "¡el arran...capiés!" Gritábamos mucho, claro, a nadie le gusta que le arranquen los pies, y entonces venía nuestra madre a reñirnos. Creedme si os digo que la frase más usada por mí de pequeña era "¡Mamaaa! ¡Mira a Santi!" "¡Mamaaa! ¡Santi me está haciendo de rabiar!" Y sus múltiples variantes. Pero gracias a él me apasionan los videojuegos, porque gracias a él entró en casa la primera consola, una NES que todavía pulula por los armarios. Algún día la repararé y jugaré con ella y todos los cartuchos que teníamos, pero eso es futuro, y yo estoy hablando de pasado. De todos modos, las jugarretas de mi hermano no son mi recuerdo más antiguo.

¿Cuál es entonces? 
Mirar una foto unas semanas antes, en casa, me dio la pista. Una foto ligeramente desenfocada, en la que el flash se "come" mi diminuta nariz, el pelo me tapa las orejas y las cejas. y salgo con cara de susto.  Seguramente debía ser de las primera veces que me daban un flashazo en la cara, o puede que sea porque era la primera vez que escuchaba música con unos auriculares. En la trona estaba el walkman, mucho más grande que mis manos.
Esa foto.
Me la tomó mi abuelo. 
El día en que mi hermana Eva vino por primera vez a casa.

Me acuerdo de eso, perfectamente. No sé qué sucedió cuando entraron por la puerta cargando con el bebé, ni lo que sentí la primera vez que la vi. Ni cuánto tiempo estuve ese día con mi abuelo, ni lo que hice a lo largo del mismo. Pero si hubiese tenido uso de razón (algo más de lo que una criatura de 14 meses de edad pueda tener) le hubiera dicho "Bienvenida al mundo, pequeña"

Curioso.


Mi recuerdo más antiguo es también uno de los más bonitos.


sábado, 12 de noviembre de 2011

Pasión por la lectura

 “Las pasiones humanas son un misterio, y a los niños les pasa lo mismo que a los mayores. Los que se dejan llevar por ellas no pueden explicárselas, y los que no las han vivido no pueden comprenderlas. Hay hombres que se juegan la vida para subir una montaña. Nadie, ni siquiera ellos, pueden explicar realmente por qué. Otros se arruinan para conquistar el corazón de una persona que no quiere saber nada de ellos. Otros se destruyen a sí mismos por no saber resistir los placeres de la mesa... o de la botella. Algunos pierden cuanto tienen por ganar un juego de azar, o lo sacrifican todo a una idea fija que jamás podrá realizarse. Unos cuantos creen que sólo serán felices en algún lugar distinto, y recorren el mundo durante toda su vida. Y unos pocos no descansan hasta que consiguen ser poderosos. En resumen hay tantas pasiones distintas como hombres distintos hay.


La pasión de Bastián Baltasar Bux eran los libros.


Quien no haya pasado nunca tardes enteras delante de un libro, con las orejas ardiéndole y el pelo caído por la cara , leyendo y leyendo, olvidado del mundo y sin darse cuenta de que tenía hambre o se estaba quedando helado...

Quien nunca haya leído en secreto a la luz de una linterna, bajo la manta, porque Papá o Mamá o alguna otra persona solícita le ha apagado la luz con el argumento bien intencionado de que tiene que dormir, porque mañana hay que levantarse tempranito...

Quien nunca haya llorado abierta o disimuladamente lágrimas amargas, porque una historia maravillosa acababa y había que decir adiós a personajes con los que había corrido tantas aventuras, a los que quería y admiraba, por los que había temido y rezado, y sin cuya compañía la vida le parecería vacía y sin sentido...

Quien no conozca todo eso por propia experiencia, no podrá comprender probablemente lo que Bastián hizo entonces.”

Fragmento de La historia interminable de Michael Ende (1979)


Desde antes incluso de aprender a escribir, ya estaba soñando con poder leer. Continuamente le preguntaba a mis padres, abuelos, tíos o primos mayores lo mismo: "¿Qué pone ahí?" o "¿Me lees esto?" Da igual que fuera un libro de cuentos o el prospecto de un medicamento, yo se lo pedía igual.
Luego crecí, y me regalaron mi primer libro, lo recuerdo perfectamente. Tenía 7 años y entre las páginas había cartas dentro del sobre y todo, que uno de los protagonistas le enviaba a sus amigos.

Luego crecí, y los libros crecieron conmigo. Yo no quería que me regalaran ropa o zapatos, yo quería libros y té, cosa que irritaba mucho a una de mi abuelas. Leía y leía...

¿Cuándo lo he dejado? No sabría decirlo. ¿Cuando entré en la facultad o antes? No recuerdo. Si bien es cierto que leer por obligación mata la pasión, por muy buena que ésta sea. Los plazos de lectura se me atragantaban y los que antaño fueron amigos ahora son herramientas. 

...De vez en cuando me rebelo. Dejo a un lado el montón de lecturas pendiente (que actualmente son dos libros y cuatro artículos) y compro, saco de la biblioteca o pido prestado algo para leer por placer ¡y qué placer! Con una taza de té en la mano y un libro en el regazo, las penas son menos penas.