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miércoles, 24 de octubre de 2012

La cosa va de cifras

En mi nuevo piso, somos seis:

Tres son chicas, tres son chicos.
Cuatro viven abajo, y dos en el piso de arriba.
Tres se han criado en España, los otros en el extranjero. 
Tres están cursando alguna espacie de intercambio internacional, los otros tres no.
Las chicas hablan muy bien español, los chicos... ¡Hacen lo que pueden!
Dos han nacido en España, el resto, en diferentes partes del mundo.
Tres cocinan bastante bien, los otros tres hacen lo que pueden.
Dos tienen el pelo rizado; los otros cuatro, liso.
Tres estudian ciencias, los demás letras.


Cada uno es muy diferente al resto. Aun así todos nos llevamos muy bien. Somos como una pequeña familia. Y a quien más, a quién menos... les he cogido bastante cariño. Va a darme mucha pena que este curso se acabe solamente por no querer pensar en despedidas.

lunes, 9 de julio de 2012

Humo en la avenida.


Me iba al día siguiente y para siempre de aquel piso. Había sido un año intenso, sin precedentes. Con grandes alegrías pero, sobre todo, complicados reveses y golpes difíciles de encajar; pero que, poco a poco, he ido superando (no sin dificultad). Abandonaba a ruidosa Luis Montoto.

Adiós a los sonidos de ambulancia a las tres de la mañana, o a los grupos de jóvenes borrachos hablando a gritos entre sí al salir de la discoteca de enfrente. Adiós a aguantar la tapa del wáter porque esté suelta y siempre se caiga. Adiós a presionar la persiana con una mano mientras porque está atascada y no puede subir. Adiós a las fundas de sofá que dan alergia, y a las cortinas que solo hacen soltar polvo. Adiós a una vitrocerámica que te da calambre cuando intentas limpiarla. Adiós a la luz tililante del pasillo, que convertía ir al servicio por la noche en una escena de película de terror. Adiós a esa sensación de muerte inminente cuando se prendía el calentador de butano…

A pesar de todo, voy a echar de menos vivir ahí, y como me conozco ya, sé que no tardaré en esbozar una sonrisa cuando pase por el portal del que fue mi piso en este año de locos.
Porque al fin y al cabo, también es cierto que he compartido techo con las dos mejores compañeras de piso que he tenido nunca, y sin ellas saberlo, han contribuido mucho para que este curso fuera especial. A las dos (ellas ya saben quiénes son) gracias. Muchas gracias por todo.

Por eso, en mi último día en Luis Montoto, salí al balcón con una silla y una shisha de mora. A disfrutar de las vistas de la avenida mientras el sol comenzaba su lento y perezoso descenso. Salí a saborear una última tarde en Sevilla, oyendo a ratos las desenfadadas conversaciones de la gente sentada en la terraza del bar de abajo. Palabras y fragmentos sueltos, mezclándose unos con otros y fundiéndose con el ruido de la calle. En una tarde que olía y sabía a moras.




viernes, 23 de marzo de 2012

Desempolvando recuerdos

A veces me pongo a pensar en el pasado.
No en un pasado reciente, voy mucho más allá. Anoche no podía dormir pensando en las cosas que tenía que hacer a lo largo del fin de semana; y como eso iba para largo, dí un frenazo mental. Pensé en cosas agradables para dormir. En lugares y situaciones relajantes. Evoqué el mar en el que me bañaba de pequeña. 
Pero todo fue inútil.

Entonces, entre mis variados pensamientos, se me vino a la cabeza la imagen de amigos y familiares señalándome, algunos con ironía, otros con admiración, otros tantos con indiferencia, mi capacidad de recordar con todo detalle cosas que han pasado hace mucho, mucho, mucho tiempo. Y entonces caí en a cuenta de lo siguiente: Nunca me ha dado por fondear en mis recuerdos más antiguos.

Recuerdo perfectamente la guardería. Cómo mi abuelo materno se presentaba en casa cuando aún estábamos desayunando y nos llevaba a mi hermana y a mí de la mano hasta allí. Jugábamos en el patio diminuto, girábamos en la tarima una y otra vez hasta caer mareados y sentir cómo toda la habitación daba vueltas, riendo. O cómo nos echábamos hacia atrás, a ver si realmente podíamos caer de espaldas en el suelo; yo nunca lo logré, en el último minuto daba un paso atrás y me incorporaba, pero en alguna que otra ocasión calculaba mal y me caía de lado. Fue ahí donde empezó mi aversión a recogerme el pelo con cintas y coletas, porque siempre se me caían mientras jugaba, o me destrozaba los peinados a base de manosearme el pelo. (¡Joder! Ahora que lo escribo es como si lo estuviera viviendo otra vez.)
Son recuerdos bonitos, pero no son los más antiguos.

Recuerdo la mesa redonda del comedor de casa, que luego cambiaríamos por la que tenemos ahora. Y la primera vez que África, la chica que nos cuidaba mientras mis padres estaban en el trabajo, me hizo un batido de fresas con fresas naturales. Me pasé días y días "portándome bien" para que me hiciera otro. También nos daba unos huevos minúsculos de chocolate cuando le dabas un beso, y nos hacía disfraces con servilletas desdobladas que luego pegaba con cinta adhesiva. Mi favorito era el de Batman, que tenía casco y todo ¡era genial! y después el de Supermán, que usaba saltando por el sofá verde del comedor gritando "¡África, África, mira como vuelo!"

Ese mismo sofá verde en cuyo respaldo me ponía de pie, apoyándome en la pared, mientras mi hermano (Ese gran desconocido) pasaba las manos palmeando y diciendo con voz de ultratumba "¡el arran...capiés!" Gritábamos mucho, claro, a nadie le gusta que le arranquen los pies, y entonces venía nuestra madre a reñirnos. Creedme si os digo que la frase más usada por mí de pequeña era "¡Mamaaa! ¡Mira a Santi!" "¡Mamaaa! ¡Santi me está haciendo de rabiar!" Y sus múltiples variantes. Pero gracias a él me apasionan los videojuegos, porque gracias a él entró en casa la primera consola, una NES que todavía pulula por los armarios. Algún día la repararé y jugaré con ella y todos los cartuchos que teníamos, pero eso es futuro, y yo estoy hablando de pasado. De todos modos, las jugarretas de mi hermano no son mi recuerdo más antiguo.

¿Cuál es entonces? 
Mirar una foto unas semanas antes, en casa, me dio la pista. Una foto ligeramente desenfocada, en la que el flash se "come" mi diminuta nariz, el pelo me tapa las orejas y las cejas. y salgo con cara de susto.  Seguramente debía ser de las primera veces que me daban un flashazo en la cara, o puede que sea porque era la primera vez que escuchaba música con unos auriculares. En la trona estaba el walkman, mucho más grande que mis manos.
Esa foto.
Me la tomó mi abuelo. 
El día en que mi hermana Eva vino por primera vez a casa.

Me acuerdo de eso, perfectamente. No sé qué sucedió cuando entraron por la puerta cargando con el bebé, ni lo que sentí la primera vez que la vi. Ni cuánto tiempo estuve ese día con mi abuelo, ni lo que hice a lo largo del mismo. Pero si hubiese tenido uso de razón (algo más de lo que una criatura de 14 meses de edad pueda tener) le hubiera dicho "Bienvenida al mundo, pequeña"

Curioso.


Mi recuerdo más antiguo es también uno de los más bonitos.


lunes, 19 de marzo de 2012

Black week


Ayer acabó por fin lo que yo llamo “Semana negra de Elouan” o también “Fuking black week”. ¡But the fucking black week is over now!
Y es que desde el lunes pasado no han parado de ocurrirme pequeñas “desgracias” encadenadas unas a otras, formando bolas y atragantándose, luchando por ver quién me jode más; compitiendo por la medalla de oro en el certamen “Yo le amargué la vida Elouan”. Pero pobrecitas, no hicieron ni podio. Conmigo no puede nadie. (Sí, soy una exagerada de libro, lo sé, pero es que soy gaditana ¿Qué esperabas? Lo llevo en la sangre.)
A lo largo de esta semana:
-La facultad ha anulado mi matrícula, así, porque sí. Al final resultó ser un error de secretaría. (Uno de tantos, pero al parecer este año se están cebando conmigo que da gusto) Y claro, lidia con secretaría… lidia con el banco… lidia con un padre cabreado en modo “furia berséker” amenazando con hacerte regresar a casa si no solucionas todo “para ayer”…
- Me llamó la policía el viernes por la tarde-noche para hacerme saber que tenían en comisaría mi DNI y mi tarjeta de SeVici. Y yo digo ¿Cuándo me han robado la cartera? ¿Por qué sólo aparecen estas dos tarjetas? Es una putada, porque hacía dos días escasos que recogí del banco mi tarjeta bancaria (un cajero se la había tragado y tuve que solicitar un duplicado)
- Mi cámara de fotos ha desaparecido. La que me compré en París durante el erasmus. Sí, la que tiene un valor emocional incalculable. La marrón. Esa misma. No sé si tiene que ver con el robo misterioso de la cartera, no sé si se me ha perdido o me la he dejado en casa de algún amigo. La cuestión es que no está, y sin mi cámara se frenan drásticamente mis dos proyectos, que había empezado apenas dos días antes.

Resumiendo. Nunca antes había dicho con tantas ganas ¡YA ES LUNES! ¡Comienza una nueva y mejor semana!

lunes, 13 de febrero de 2012

Maldito día



Hoy ha sido un día horrible. ¡Maldita forma de empezar la semana!

Salí de casa a las 09:55h según mi reloj, corriendo, claro está, porque iba bastante tarde a clase. Cual es mi sorpresa cuando llego a la parada del bus: el autobús de la línea 21 va a tardar 11 minutos en venir. ¡Once minutos, uno detrás de otro!
Pude haber esperado, al fin y al cabo, el profesor dijo la semana pasada que hoy iba a empezar la clase un cuarto de hora más tarde, para no hacer pausa en medio de las dos horas seguidas que tenemos con él. Pero no esperé, ¡qué va! Se me ocurrió la brillantísima idea de ir andando a clase; -total, no se tarda tanto- pensé. En esas estaba cuando... ¡Tachán! ¡Un puesto de SeVici! ¡Con una Bicicleta disponible!
No podía perder esa oportunidad, y la saqué de su borleta, rauda y veloz:
¡CRASO ERROR!
La bicicleta era magnífica, eso no puede negarse, de las mejores que he usado en mucho tiempo: Las marchas no le saltaban sin previo aviso, el sillín estaba de una pieza, los pedales se movían con suavidad, el timbre funcionaba, el manillar no estaba desviado... Pero aun así, ojalá no la hubiera sacado nunca de su estación. Porque cuando llegué (en tiempo récord) a mi destino, dejarla fue un suplicio.
La estación del Prado de San Sebastián: llena
La estación del Lope de Vega: llena
La estación del Cristina: llena
La estación de los Jardines de Murillo: llena
Las dos estaciones de Alfonso XII: llenas ambas.

-¡A tomar viento fresco y siberiano!- Me dije, tres cuartos de hora después. Regresé sobre mis pedaleadas y deposité la bicicleta en el mismo sitio donde la saqué, en Luis Montoto. Se acabó, me voy a casa a terminar ese infernal trabajo que tengo que entregar el miércoles.
En la acera de enfrente, me llamó la atención una frutería que estaba abriendo. Le compré al dependiente medio kilo de fresas y me acabo de preparar el desayuno: un smoothie de naranja y fresa, para empezar bien el día por segunda vez.
Sano y rico. 100% natural. Sin colorantes ni conservantes.


Sí, esta jarra ha sido robada vilmente de los 100 montaditos. ¿Y qué? Soy una rebelde.


¡Bonus extra, receta de 2 minutos!

Smoothie de naranja y fresas
Preparación: Exprimimos tres-cuatro naranjas, enjuagamos y troceamos cuatro-cinco fresas y lo batimos todo. Lo ponemos en el vaso más grande que tengamos y añadimos un chorrito de leche hasta llenarlo por completo. Si no tienes un vaso o jarra lo suficientemente grande no pasa nada, te lo puedes beber directamente en el vaso de la batidora. 

lunes, 9 de enero de 2012

La shisha, mi historia.

No me considero una persona fumadora; de hecho detesto el tabaco. Deja mal olor en las manos y las pocas veces que le he dado una calada “por probar” he acabado tosiendo y con un mal sabor de boca.

La primera vez que lo hice tenía ocho años.
Mi madre estaba secándome el pelo, o ayudando a ponerme el pijama, ahora no recuerdo. Sonó el teléfono, y dejó un cigarro que acababa de encender en el cuarto de baño. Picada por la curiosidad me acerqué despacio y lo tomé con dos dedos, como había visto hacer a los mayores, inspiré a través de la boquilla. Maldita curiosidad. Lo dejé caer al suelo de la impresión.
Sin dejar de toser, recogí lo más rápido que pude el cigarrillo y lo dejé donde estaba. Bebí un poco de agua del grifo y disimulé lo mejor que pude. La boca me sabía raro y me ardía el pecho. Desde ese momento me prometí no volver a fumar nunca.

He cumplido mi promesa a medias, porque, a pesar de no querer ver el tabaco ni de lejos, no le hago ascos a una shisha. Y si está preparada en condiciones, mejor que mejor. Me gustaría poder decir que nunca le he hecho ascos a una, pero eso tampoco es cierto:
En una ocasión, un chico con el que salía a los 16 años me ofreció en una tetería tomar una shisha a medias con él. Me negué rotundamente, pero igualmente se la pidió (pagamos a medias) y se la fumó entera él solito, no sin antes obligarme a darle una calada. Quizá porque en esa ocasión la tomé casi obligada ya iba mentalmente predispuesta a no disfrutar, a que no me gustara. Odiaba cuando me imponía algo o cuando intentaba corregir las cosas mías que no le gustaban. Afortunadamente no duramos mucho. Es más, encima tengo que agradecerle que, desde que salí con él, busco un hombre que me acepte tal y como soy, con mis defectos y mis defectos. En fin, a lo que iba: también hay que añadir la reticencia normal de una persona que veía una shisha por primera vez y que no sabía cómo funcionaba aquello o si tenía efectos secundarios raros. “Si aspiro por la manguera… ¿Cómo es que suenan burbujitas como si estuviera soplando?” Ah, dulce inocencia la mía. Era una shisha de manzana con un toque de regaliz, todo un clásico en las teterías árabes.

El tiempo pasó y unos años más tarde, el 20 de Diciembre de 2007, quedé con un amigo de la facultad para tomar algo. Fue un día memorable por muchos factores. Recuerdo que me llevó a una tetería, tomamos sendos tés y él sugirió pedir también una shisha. Fingiendo haber fumado con anterioridad, accedí (no sé por qué lo hice) y, ahora sí, le de mi primera calada a una shisha de tutti-frutti. Sin nadie que me obligara a ello, sin presión, sin agobios por devolver la manguera. Mi primera shisha fue un acto bellísimo de compañerismo.
Quizá estoy exagerando un poco, pero lo cierto es que a raíz de ahí comencé a investigar en internet y tras las vacaciones de navidad y el periodo de exámenes, me compré una pequeñita, verde, con dos paquetes de tabaco y un tubo de carbón. ¡Qué buenos momentos me proporcionó! Lo que sí es cierto es que fumaba menos que ahora. Antes me preparaba una cada dos semanas, aproximadamente, sin embargo hoy fumo cada tres o cuatro días.

 Mi primera shisha comprada, el día que la estrené.

Me gusta acompañar la shisha con té verde o negro según mi estado de ánimo o el momento del día. Además, leer un buen libro mientras fumas puede resultar una experiencia de lo más gratificante. Tiene que ser una lectura por placer, no literatura de la que me obligan a leer en clase (La única excepción fue “La Celestina” mientras tomaba té verde con pétalos de cerezo y fumaba una shisha de cereza.) Y si sumamos que afuera esté lloviendo, mejor que mejor.


Con este texto no pretendo, ni mucho menos, incitar a fumar en shisha. Simplemente cuento mi experiencia.  Cada uno es libre de sus actos y yo recomiendo, si no has fumado nunca, que no fumes.

lunes, 19 de diciembre de 2011

La niña y el mar


El mar siempre me ha fascinado. Cuando era pequeña, el mar era para mí una franja estrecha de agua que nos separaba de Àfrica y los leones. Pero tenía unas corrientes bastantes fuertes, en la que si te despistabas nadando o jugando con los primos, la corriente te arrastra y entonces, por muy bien que sepas nadar, te ahogas y nunca más te encuentran. O al menos, eso era lo que me contaban mis padres para que no me alejara de la orilla y que me mantuviera siempre visible. Así se ahorraban sustos.


Nunca he sido una nadadora muy veloz, de hecho siempre he preferido bucear a nadar, y me entrenaba a todas horas para aguantar unos segundos más sumergida. Alcancé mi récord a los diez años, con un minuto y diez segundos, y mantuve esa marca todo el tiempo que pude.
De los once a los dieciocho, pasaba las vacaciones en un cámping de la playa de Valdevaqueros, en Tarifa. Ya se tenía cierta independencia, y nuestros padres podían relajarse un rato sin tener que estar pendiente de que sus pequeñines todo el tiempo. Y, como era habitual, no dejaba de practicar mis inmersiones buceando cada vez más lejos y más hondo.


Lo que más me gustaba era abrir los ojos en el mar. Los rayos de luz del atardecer se filtraban en forma de haces verdosos y dorados, sobre un horizonte submarino hecho de tonos de azul, abajo más oscuro y arriba, cerca de la superficie, en celeste. Alargaba los brazos y los observaba, moteados por la luz, tanto tiempo como me permitiera mi capacidad pulmonar. Subía a la superficie sólo para volver a bajar, hasta el suelo, donde el agua era más fría y dolía en los oídos. Subía con puñados de piedrecillas o buscaba conchas, que las de la orilla eran muy pequeñas o estaban rotas; no obstante, la mayoría del botín era devuelto al mar. Todavía conservo de aquella época una concha blanca y tres piedras planas, que de vez en cuando uso como inciensario.

Hoy en día, vivo en una ciudad sin mar. De vez en cuando, cierro los ojos y me veo ahí, con los brazos extendidos, braceando e impulsándome arriba y abajo, con los brazos llenos de reflejos verdes y dorados. Es muy probable que el día de mañana viva en otra ciudad que no tenga mar, pero no pasa nada. El mar que yo recuerdo no está fuera, sino dentro de mí, y allá a donde vaya lo llevo siempre conmigo.



jueves, 17 de noviembre de 2011

El poder de la evasión


Hace pocos días, quedé en la Alameda con unos amigos para tomar un cafetillo y pasar la tarde. Como es natural en esta época del año, oscurece bastante temprano, con el consiguiente descenso de la temperatura; sólo tenía como abrigo una chaqueta fina de algodón, que no hacía gran cosa.
No me apetecía tomar el bus hasta casa, así que saqué una bicicleta de una estación cercana, la cual sólo tenía dos disponibles. Me subí la cremallera hasta arriba, me tomé unos segundos para calcular la ruta más corta y puse un poco de música. Hacía casi un año que no montaba en bici, mi cuerpo lo notaba: me costaba mucho más trabajo que antes pedalear manteniendo un buen ritmo, ligero y estable. Transpiraba mucho, me faltaba el aire…

…cuando iba al instituto, nuestro profesor de Educación Física era implacable. Daba igual que hiciera frío o que fuese primera hora: siempre dábamos diez vueltas al patio, luego hacíamos ejercicios de movilidad y luego calentamiento muscular y articular. La media hora que sobraba la dedicábamos a practicar algún deporte o a juegos para mejorar el reflejo o la coordinación. Yo sufría terriblemente en la primera parte de la clase, pero pronto aprendí que si evadía mi mente y la “desconectaba” del cuerpo pensando en cualquier cosa (Normalmente en videojuegos o en la saga fantástica que estuviera leyendo en ese momento), podía aguantar mucho más tiempo corriendo.

Y eso fue lo que hice en esta ocasión: Dejé que mis pies pedalearan ellos solos mientras mi mente estaba lejos, muy lejos, recordando momentos mejores, pensando en videojuegos y en libros, para no perder la costumbre, sopesando la posibilidad de tener una mascota y debatiendo conmigo misma si merece la pena poner un árbol de plástico en mi habitación para celebrar el solsticio de invierno.
Cuando volví a la realidad, me había pasado bastante de largo la estación de SeVici que está enfrente del piso, de modo que giré y volví sobre mis pasos (¿O debería decir “pedaleos”?) para anclar allí a la número 2581, que tenía la tercera marcha un poco dura y a veces le bailaba el sillín, pero por lo demás era perfecta.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Retazos del pasado.


- ¡Hola! ¿Qué lees?

Mañana ya habrá acabado todo…

… Y así fue como me hice pasar por Erasmus en mi primer día de clase en la universidad

Te quiero.

¿Cómo dices que se llama ese grupo?

¡Eh, tú! ¡Pásanos el frisbee!

¡Fiesta en mi casa del Rinconcillo la semana que viene!

Vi esto y me acordé de ti. Espero que te guste.

Tengo que salir del pozo.

¡Me encantaría verte tocar! ¿Cuándo es el próximo concierto?

¡Me llevas dos cubatas de ventaja!

¿Y a ti, qué te gusta? –La tinta marrón

Es la tercera vez que te veo esta semana.

¿Cómo dices que se llaman?

No tienes criterio ninguno para decirme eso.

¡Soy la vicejefa autoelecta!

Tú lo que tienes es horror vacui

¿Me haces un hueco en el sofá de tu casa? ¡Voy a ir unos días para allá!

Estoy bien, gracias, sólo ha sido un golpe fuerte en la cabeza.

Quiero hacer algo grande con mi vida.

Se llamará Byron; es que Cid, Yod y Pedraza eran demasiado frikis.

Éste ha sido el mejor verano de mi vida.

Mira quién fue a hablar, el que pensaba que "Slania" era el grupo y "Eluveitie" el disco.

¿Prometes no enfadarte?

Tengo miedo a perder su amistad si se lo digo.
¿No lo tienes? No pasa nada, te lo presto.

¡Feliz 2007!

¡Mamarosario! ¿Quieres que te ayude a preparar torrijas?

He pensado en organizar un torneo de tetris en mi casa esta navidad. ¿Venís?

Si te cuento algo, ¿no se lo dices a nadie?

Es que me siento tan sola…

Tenemos que quedar para cocinar un día de estos.

Estoy aprendiendo a tocar la harmónica.

¡Rasengaaaaan!

¿A que no sabes lo que me ha pasado hoy con el SeVici?

¿Y si preparo una queimada?

¡Mierda! Ya son las dos…

Acabas de hacerme la mujer más feliz de la tierra.

¿Cómo que este año no preparas pestiños? Trae, ya lo hago yo

Si hubiera una sola medusa en getares, ya me habría picado, es que tengo una racha…

¿Vas a comerte ese pastelillo?

Tienes que hacerte una cuenta, es genial.

El té es lo que más me gusta del mundo.

Él me dijo ¿Por qué?, yo le contesté ¿Por qué no?

Ésta va a ser de melocotón. ¿Os apetece?

¡Tiembla ante mi mazo de fragmentados!

Me alegro de verte.

Esta noche iba a quedarme en casa, ¡pero me apunto!

¿Chistes malos? Espera y verás

¿Una cachimba? No gracias, no fumo y no pienso fumar nunca.

Cuando dicen “chupa, chupa, que yo te aviso” es mentira, nunca avisan.

Mañana me voy a Sevilla a comenzar la carrera.

¡No te vayas! ¿Qué va a ser de mí sin ti?

.
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Echo la vista atrás y pienso en cuánto he cambiado, y cuánto han cambiado los que me rodean. Pero por algo seguimos todos juntos, ¿no? Éste post va dedicado a esas personas tan especiales que me han hecho ser lo que soy.  

miércoles, 19 de octubre de 2011

La increíble y real historia del tomate alquímico


Hoy os traigo, basado en hechos reales y recientes, "La increíble y real historia del tomate alquímico"
Y es que hace ya más de un mes, una de mis compañeras de piso decidió iniciar la famosa Dieta Dukan para perder unos kilitos, y me dio algunos alimentos que no iba a necesitar, entre otros, un paquete de picos, tres litros de leche entera, una botella de coca-cola y una cajetilla de tomates.
El tiempo pasó, ya lo largo de los días fui gastándolo todo… menos UNO de aquellos tomates, que se quedó triste y sólo en aquella cajetilla de plástico, hasta ayer. Cuando, cocinando, esta misma chica comentaba que le faltaban tomates para hacer un ratatouille, me acordé entonces de mi rojo amigo, que había quedado relegado al fondo de mi balda de la nevera.
Inmediatamente, e imaginando lo peor, fui a buscarlo y… ¡Tachán! Jamás ví un tomate con mejor pinta que esa. Tenía, de hecho, mejor presencia que unos pimientos comprados el día anterior. “Seguro que por dentro está podrido”, pensé, y lo abrí por la mitad. Creo que una imagen vale más que mil palabras.



(Por cierto, delicioso el ratatouille que preparó esta chica, y muy jugoso el sándwich de queso fresco y tomate que cené aquella noche.)

Da mucho que pensar, sobre la cantidad de conservantes y demás aditivos químicos que tomamos diariamente en cada comida, pero eso ya lo dejo al gusto del lector.